Capitulo I

La fantasía es, como muchas otras cosas, un derecho legítimo de todo ser humano, pues a través de ella se halla una completa libertad y satisfacción.

— J.R.R. Tolkien.

I

La Atlántida era un continente, pero a diferencia de los cinco conocidos en la actualidad no era precisamente de grandes dimensiones. Por eso mismo, es mencionada como isla en muchas culturas diferentes. La isla se dividía en tres niveles, en el primer nivel se encontraba el puerto, dónde había un sólo acceso a través de una zona marina en forma de luna en menguante, por dónde sólo podían pasar dos galeras y de forma muy justa. También había unas zonas custodiadas por unas pocas torretas, a los pies de las cuales había pequeños campos de cultivo y zonas de entrenamiento para reclutas. En el segundo se podía acceder a través de una inmensa puerta de hierro con el estampado de un delfín con el tridente de la deidad protectora de la isla, Poseidón. Dos torretas majestuosas se alzaban junto a la puerta, encima de dos acantilados, mucho más grandes de las que custodiaban el puerto, con escrituras y motivos de seres marinos que las adornaban, las banderas ondeaban los colores del continente, azul marino, azul cielo y blanco. En ese nivel se encontraban las viviendas, lugares de ocio, cómo el Tisade*, que era el lugar dónde cada año tenían lugar las Inquez, o la Vatarne, que era un lugar de reunión de los habitantes para tomar o simplemente hacer alguna partida a los dados o cartas. Y un gran prado verde dónde había pequeños rebaños ovinos. Finalmente, al tercer nivel podíamos encontrar la acrópolis* con diferentes templos ornamentados con esculturas de dioses, la principal y más grande del propio Poseidón del mismo color que el mar, sujetando un gran tridente dorado a juego con la corona y algunos detalles de la himation* para realzar su figura, a su alrededor se reunían templos pequeños de otros dioses. Hacia el este había un pequeño palacio, bastante lujoso, pero sin llegar a la ornamentación barroca, seguido por un monasterio que quedaba unido al palacio por un estrecho pasadizo exterior.

Sus habitantes eran una raza orgullosa y muy avanzada por la época en la que vivían, además tenían los mejores guerreros del mundo, pese a eso no estaban interesados en conquistar otras zonas, pero tampoco tenían que preocuparse de que alguien se atreviera a atacar-los. Su aspecto se diferenciaba por su cabello negro y reflejos azul marino que sólo se veían al La Luz del Sol y sus orejas acabadas en punta. Sus ojos de color azul cielo o marino. Además, se podía añadir la longevidad de sus vidas que les permitía vivir más tiempo con un cuerpo joven a diferencia de los humanos corrientes. Eran unos con el agua y eso les permitía aguantar mucho buceando y siendo rápidos nadando. 

****

Mientras el Sol se alza majestuoso por encima del horizonte, se podía oír el ruido de espadas golpeando mutuamente. Al lado de la casa situada cerca de un faro, lejos de las demás, se pueden observar dos siluetas, una más pequeña que la otra. La mayor se aproxima velozmente a la otra, golpea su espada contra la del adversario y con un toque ascendente, provoca la pérdida del equilibrio de la segunda figura a la vez que lo desarma.

— ¡Has mejorado Cástor!

Afirmó un joven de unos treinta años, cabellos negros cómo el carbón, cortos. Sus ojos azules destacaban y sus orejas acabadas en punta, con un fino aro de plata en la izquierda. Llevaba una toga de color grisáceo tirando a azul cielo, sólo le cubría la zona izquierda del pecho cayendo en diagonal hasta la cintura, dónde llevaba un cinturón de cuero con la funda de la espada que dejaba caer el resto de la vestimenta hasta las rodillas. Se podían ver ligeramente unas ornamentaciones plateadas cuando la luz era reflejada en ellas. Por debajo, unas mallas largas negras ceñidas y botas a juego con el cinturón. En la punta y el talón de las botas se podían ver unas piezas metálicas. Y en el cuello brillaba un colgante en forma de búho bañado en oro, en una fina cadena. 

El hombre sonrió y le ofreció la mano a su compañero para ayudarlo a levantar-se.

— Por hoy damos por finalizado el entrenamiento, ¿de acuerdo?

— Si, pero aún me falta mucha practica para llegar a ser tan bueno cómo tu. Papa.

Afirmó el joven con un movimiento de cabeza, parecía tener unos quince años. Acto seguido cogió la mano de su padre. Tenía el cabello negro, con un escalado corto por encima, una larga y fina coleta recogida con unas vendas blancas que le llegaba por media espalda, dejándose caer por debajo del escalado. Sus ojos eran azules, las orejas con un acabado ligero en punta cómo su padre y un pequeño aro de plata en la izquierda. Su toga era blanca, con bordados dorados adornando la línea del pequeño mantel de tela, que se dejaba caer por encima del hombro izquierdo, dónde se encontraba un pequeño broche circular, con una joya incrustada de zafiro. Un cinturón de cuero, del que caían dos fundas con un escudo de armas de un delfín acompañado por un búho albino con las alas abiertas. La toga le llega un poco más arriba de la rodilla, con unas mallas negras cortas, unas botas de cuero con piezas metálicas recubriendo la punta.

— ¿Habéis vuelto a entrenar al alba?

Una niña pequeña de unos doce años salía de la casa mientras se fregaba los ojos con los puños medio dormida. Sus cabellos eran marrones claros, sus ojos azul marino, del mismo azul que los zafiros. Las orejas acabadas en punta, llevaba un pendiente en la oreja derecha y otro en la izquierda, unos pequeños aros de plata. De ropa una bata blanca que le llegaba hasta los pies, iba descalza.

— Vaya, sentimos haberte despertado Safi. —afirmó el mayor.

El hombre sonrió mientras enfundaba la espada. Después se dirigió hacia la pequeña y la levantó en brazos, para llevarla de nuevo dentro de casa. Antes de entrar miró al chico de reojo y gritó.

— ¡Cástor!

— ¿¡Si!? —respondió el chico.

— Recoge la espada, hoy iremos a la Vatarne a desayunar. Prepara-lo todo mientras me ocupo de Safi. ¿Vale? — añadió sonriendo de forma amigable.

— ¡Claro!

Cástor sonrió animado y acto seguido fue a recoger su espada para guardarla. Después se dirigió rápidamente hacia la casa.

La casa era cómo una pequeña casa de campo. Por algunos detalles que se podían observar en las cornisas y rasguños, se podía deducir que tenía sus años. Con una puerta adornada con dos columnas griegas y a un metro levantada del nivel del suelo. A su derecha un pequeño cobertizo de madera lleno y dos tumbas de hierro adornadas con lirios. 

El interior era bastante amplio, primero un comedor con una pequeña chimenea en un rincón, el escudo de armas adornándola en la parte superior, el mismo del cinto de Cástor. Una mesa de madera de roble en el centro con sus respectivas sillas. A un lado, una pequeña barra con dos taburetes que daba a una cocina, sencilla, pero con todo lo necesario para cocinar. Un pasadizo que quedaba a mano derecha y daba lugar a un pequeño estudio dónde se podían ver montones de libros y un escritorio de roble con formas orgánicas mirando hacia una ventana, encima del cual había un libro abierto y una pluma húmeda, sobre un pequeño hueco del escritorio, reposando. A la siguiente puerta una habitación de matrimonio con un armario, una cama doble y un gran ventanal que la iluminaba, las cortinas danzaban levemente con la brisa que entraba a través de ellas. Delante de esta, una habitación con dos camas y cajones de madera debajo, una mesita de noche entre ambas camas y una pequeña ventana encima que iluminaba la habitación.  Al lado de esta habitación había una más pequeña, la cama pegada a la pared, con cajones de madera a la pared derecha y una ventana al fondo. Finalmente, una última sala dónde había una pequeña despensa. El excusado se encontraba fuera de la casa, en una pequeña caseta empotrada a la pared y con la puerta de madera. 

— Por cierto, papa. ¿No sería hora de empezar a entrenar a Safi? ¿Cuándo vas a iniciar-la? —preguntó el chico mientras entraba por la puerta.

— Tu lo harás, eres su hermano mayor, ¿no?

— ¿¡Que!? ¡Pero si no soy más que un aprendiz! —se escandalizó— No le puedo enseñar… Tú que eres nuestro padre deberías hacerlo, ¡tienes más experiencia!

— Lo harás bien, ya lo verás. —sonrió el hombre— Y sí, soy vuestro padre, pero no eterno… No estaré siempre, y sinceramente preferiría que no vinieras al viaje que nos encomendaron. Sería mejor que te quedases aquí con Safi, después de todo cuando partes, nunca sabes si volverás.

— ¡Padre! ¡Decir esas cosas son de mal agüero! —Safira se lo miraba con el ceño fruncido y morros des de la puerta de la habitación.

Ahora, al igual que su hermano llevaba una túnica, en el cinto de cuero llevaba una pequeña daga que recordaba a una espada por el tamaño de la niña, guardada en su funda que tenía el mismo escudo de armas que su hermano, sus botas eran completamente de cuero. Los bordados que adornaban su ropa tenían unos símbolos peculiares que recordaban a los celtas. Su broche era plateado con un ámbar en el centro.

— Vale, vale… —sonrió el padre— Venga, que nos vamos fuera a almorzar. Y si te comportas, mañana iremos un ratito al mar.

La pequeña salió corriendo y el padre le colocó la túnica correctamente, ella sonreía ligeramente sin poder estar-se quieta. Daba pequeños saltos de alegría y desazón en el sitio.

— Papa, ¿hoy no venía él de visita? —preguntó Cástor.

— ¿Quién? —preguntó curiosa la niña mirando a su hermano.

— Cierto, se me había ido de la cabeza… —se quedó pensativo durante unos segundos— Eso quiere decir que tengo que ir a comprar… Mira, voy a adelantarme y así aprovechamos el tiempo, nos vemos en la Vatarne.

— Aetos, ¿te acuerdas de él Safi? —respondió Cástor a la niña.

El padre se alzó del suelo cuando acabó de arreglar a la infanta, le dio un leve golpe al hombro de Cástor mientras salía por la puerta en dirección al mercado. El chico se quedó mirando al hombre preocupado, las palabras que había dicho antes no le habían dejado tranquilo.

— Cástor, ¿ocurre algo? —le interrumpió Safira que lo miraba con preocupación.

— ¿Eh! No, no es nada… —sonrió mientras le revolvía el cabello.

Ambos salieron de casa cogidos de la mano y fueron corriendo hacia el segundo nivel. Dónde se encontraba la única Vatarne que había en la isla.

****

Siguieron corriendo hasta llegar al Nufarne Luab, que era el nombre de la vatarne. Al entrar todos los presentes les saludaron y la dueña se acercó enseguida al ver-les. Era una mujer de unos treinta años, cabello largo y negro recogido con una cola de caballo alta, la túnica le llegaba a medias piernas, blanca y con un cinto de cuero negro. A sus pies llevaba unas sandalias largas hasta las rodillas, parecidas a las que solían llevar los centuriones romanos.

— Buenos días chicos, cuanto tiempo sin veros. —añadió mientras les acompañaba a la mesa.

— Buenos días señorita Shanamta. —contestó Cástor haciendo una leve reverencia, Safira copiaba a su hermano.

Les acompañó hasta una mesa, al lado de una ventana de la que se podía ver el océano, en ese momento estaba brillando de tal forma… que recordaba un mar de sueños. El local tenía forma de U a causa de la barra, a su alrededor había taburetes y un poco más alejadas mesas que se repartían alrededor de la pared y las ventanas, quedando un pasillo entre la barra y las mesas.

— ¿Que tomareis?

— Pues… Para mí un bocadillo de cecina de jabalí acompañado por un jugo de naranja, para Safi… —Cástor miró a su hermana— ¿Que vas a desayunar tu?

— Ui… ¿Esta niña es Safira? ¡Que mayor esta! Siempre que la veo ha crecido un poco más.

Safira se cogió a la túnica de su hermano y se escondió tras él sonrojada.

— Lo siento, es bastante tímida. Le cuesta abrir-se a la gente. A ella tráele un jugo de melocotón y un bocadillo de cecina cómo a mí.

— Eres igual a tu padre de joven… Educado, bien hablado… Y siempre hacía que las mujeres comieran de su mano. — Shanamta se insinuó a Cástor, bromeando— Oye, ¿no te gustaría salir con mi hija? —le dio unos golpecitos con el codo mientras le guiñaba el ojo.

— ¡Eh? Pero es que ahora debo centrarme en entrenar… No puedo pensar en estas cosas. —evadió ligeramente sonrojado.

— ¡Pues tu cara no dice lo mismo! ¡Pareces un tomate! ¡Mira, mira que cara!

— ¡Arkantos! ¿Cuánto tiempo llevas ahí? — exclamaron los clientes sorprendidos.

— Hace ya un rato… ¿No me habéis oído llegar? —dijo Arkantos mientras iba sentarse con sus hijos.

— ¡No digas eso papa! —contestó Cástor alterado, Arkantos se puso a reír.

— Tu y tus formas silenciosas de aparecer, no cambiarás nunca. —añadió Shanamta. con tono irónico, mientras repartía en la mesa lo que habían pedido los menores.

— ¿Ni falta me hace no crees? Tengo un hijo campeón de las pruebas Inquez*, una hija adorable y formo parte del continente con la gente más divertida del mundo entero. Sinceramente, estoy satisfecho. Y por favor, a mi tráeme una cerveza con un bocadillo de huevos revueltos.

— ¡Ya voy encanto! —contestó Shanamta. y luego desapareció en dirección a la cocina.

****

Arkantos, Cástor y Safira se dirigieron de nuevo al segundo nivel dónde se encontraba su casa. Al llegar, los dos hermanos se sentaron en la mesa del comedor, el mayor le enseñaba a la menor a leer y escribir en diferentes idiomas, a parte del atlante, como el élfico, griego y algo de latín. Arkantos salió a buscar un poco de madera para encender el fuego.

Después de comer Cástor se encerró en su habitación a estudiar, Safira y Arkantos hicieron la siesta en la cama doble hasta que llegó la noche. En ese momento alguien llamó a la puerta, la niña fue a abrirla y al otro lado había un joven de cabello azul marino con media melena, vestía una túnica oscura con bordados dorados. Aparentemente parecía tener la misma edad que Cástor. 

— ¡Safi! ¡Cuanto has creci…!

Antes de que el muchacho pudiese terminar la frase, Cástor se le tiró encima. Arkantos que lo vio venir, había apartado a la niña de la trayectoria de su hermano por precaución, en cambio, los dos jóvenes se precipitaron por la hierba.

— ¡Cuánto tiempo sin verte! Ya pensaba que nos habías olvidado, mala persona. —dijo Cástor después de caer al lado del chico y lo miró de reojo— Ei… ¿Te encuentras bien?

— Todo me da vueltas… Podrías alguna vez saludar cómo alguien normal, ¿para variar? —respondió el joven riendo, ligeramente mareado— Pero me alegra verte tan enérgico.

— ¡Parejita! Vamos a cenar, ¿os venís? —gritó el padre des de la puerta de la casa con Safira en brazos— ¿O preferís quedaros a la intemperie?

— ¡Ahora vamos! —respondieron ambos mientras se levantaban e iban hacia la casa.

Durante la noche, el chico y Cástor estuvieron hablando y poniéndose al día de todo lo que habían hecho durante el tiempo que no se vieron, incluso recordaron alguna que otra trastada que hacían cuando eran más pequeños, mientras Arkantos llevaba a la pequeña a la cama. Después se quedó despierto escribiendo en el estudio hasta que el sueño pudo con él, bostezó ligeramente y dejó la pluma, se levantó y fue directo a su habitación, dónde paró la vela.

****

Al día siguiente, ya entrado el medio día, Aetos y Arkantos se quedaron solos en casa, ambos hermanos habían ido a la acrópolis en el tercer nivel a petición de su padre.

— Aprovechando que estamos solos… Quería pedirte un favor antes de que te vayas.

— Por usted lo que quiera señor, ya lo sabe.

— No hace falta que seas tan formal conmigo, —sonrió— pues bien, quiero que…

****

A la mañana siguiente, el chico se había ido antes del alba. Los tres fueron directos al muelle y cogieron una embarcación con dos lúnte*, una pequeña embarcación que puede ir por tierra y mar velozmente, en su parte trasera. Navegaron mar adentro, echaron anclas y luego fueron Safira y Arkantos en una de las lúnte y Cástor en la otra, de un lado a otro durante la mañana. Por la tarde volvieron a casa.

****

Pasaron varios días. Arkantos y Cástor salían de la casa en dirección al muelle, en el primer nivel, dónde les esperaba una galera griega.

— ¿Estáis listos almirante Arkantos y vicealmirante Cástor? —preguntó uno de los soldados saludando con la mano.

— Si, cuanto más pronto partamos mejor, sino es capaz de seguirnos.

— ¿Le tienes miedo? — preguntó Arkantos intentando chinchar al joven.

— Si te digo la verdad, me da más miedo que la escila de Poseidón.

— Tranquilo, he llamado a alguien para que la vigile. 

— Sólo espero que podamos volver a vernos… La voy a echar de menos…

— La verás pronto, no te preocupes. — le da unas palmaditas en la espalda acompañadas de una leve sonrisa— ¡Izad velas! ¡Rumbo a Egipto sin perder más tiempo!

Al mismo momento, el joven de cabellos azules se dirigía hacia dónde se encontraba Safira. Ella estaba buscando a su padre y hermano por toda la casa, sin encontrarlos y preocupándose más a cada puerta que abría. En ese momento, oyó varios golpes tras la puerta de entrada. Safira fue a abrir la puerta encontrándose con el chico del otro día, ella le invitó a pasar tímidamente mientras se escondía tras la puerta. Él le sonrió de forma dulce y le tendió la mano.

— Cuánto tiempo sin vernos Safira.

— ¿Sois el amigo de mi hermano? —preguntó la chiquilla escondida tras la puerta.

— No hace falta que te escondas, no te voy a hacer daño. Tu padre me ha dicho que venga a vigilarte mientras ellos no están. Me puedes llamar Aetos.

— ¿Y ellos? ¿Dónde están?

— Al muelle, a punto de zarpar…

Sin dejarle terminar esa frase, la niña salió corriendo en dirección al muelle. Aetos, cuando se dio cuenta, salió volando tras la niña para cogerla, pero cuando él llegó la galera había iniciado su travesía. La niña que sabía otro camino más corto, llegó a la entrada marítima del muelle por dónde estaba saliendo la embarcación dónde iban su padre y hermano. Cuando el barco pasó cerca, pegó un salto directo hacia su hermano.

— ¡¿Porque os habéis ido sin mí?! ¡Me dijisteis que esta vez podría venir con vosotros! —masculló, aún encima de su hermano.

— Precisamente. Hubieses querido venir y no puedes, eres muy pequeña aún. —Arkantos la cogió por la espalda y la dejó a un lado.

— ¡Eso es injusto! El tete sí que viene…

— Pero yo soy mayor. —añadió mientras le acariciaba la cabeza revolviéndole el cabello.

— Aetos, cógela y llévatela a casa.

— Si señor. Me disculpo por mi falta de atención. —afirmó Aetos mientras hacia una leve reverencia.

— Tranquilo hombre. —Arkantos sonrió, después le puso una mano en el hombro, se acercó a la oreja y le susurro— Cuida-la mucho.

— Y… Aetos, si le ocurre lo más mínimo te vas a enterar eh… —bromeó Cástor que se había levantado del suelo.

— ¡Seguro que lo haré mucho mejor que tú! —le devolvió la broma.

Aetos sacó unas alas blancas, cogió a la niña y salió en dirección a casa. Todos los tripulantes quedaron atónitos al ver volar al chico.

— A… Almirante… Ese chico ha… — balbuceo uno de los tripulantes, Arkantos rio y le contestó al soldado.

— ¿Es la primera vez que veis un uraniano?

— ¿Un uraniano? ¿Pero estos seres no son de fantasía? —afirmó sorprendido.

— Depende de para quién. Pero tranquilo, no has visto ningún fantasma.

Arkantos se dirigió hacia el camarote principal dónde se encontraba el capitán, le hizo una señal a Cástor para que le siguiera, este obedeció de forma inmediata.

****

La galera se alejaba cada vez más hasta que desapareció en el horizonte. Aetos y la pequeña llegaron a casa, ella saltó de sus brazos cuando quedaban poco menos de dos metros para llegar y entro directa a su habitación y se encerró. Se sentó encima de la cama poniendo la cabeza por encima de las rodillas.

Aetos entró por la puerta de la casa, sus alas habían desaparecido de nuevo, entonces se dirigió a la habitación de la niña, dio dos golpes suaves a la puerta.

— Safira, ¿puedo entrar? —sin recibir respuesta, abrió la puerta lentamente— Escucha… Puedes estar tranquila, ya verás cómo dentro de poco vuelven a estar aquí.

— ¡No es eso lo que me molesta…! — respondió sin levantar la cabeza entre sollozos.

— Es el hecho de no poder irte con ellos, ¿me equivoco? —el chico se sentó a su lado.

— ¿Cómo lo sabes…? —alzó ligeramente la cabeza, mirando al joven con sorpresa, alguna lagrima aún correteaba por sus rosadas mejillas y tenía los ojos rojizos de llorar.

— Digamos que… es una cualidad que tengo. —él le limpió las lágrimas con suavidad y una dulce sonrisa dibujada en su cara— Hacemos una cosa, mañana te llevaré a dar una vuelta volando por el cielo. ¿Aceptas? —ella asintió con la cabeza— Pero a cambio, quiero que no estés triste.

La pequeña le dedicó una sonrisa y le abrazó, pasado un rato salió por la puerta de la habitación.

****

Al día siguiente Aetos surcaba los cielos con Safira en su espalda, con cuidado para que no se cayera, paseando por encima del mediterráneo.

— ¿Qué te parece? ¿Vas bien?

— T… Tengo un poco de vértigo.

Safira se agarró al uraniano con fuerza y mantenía los ojos cerrados.

— Estate tranquila, abre los ojos.

Aetos se detuvo en el aire, la pequeña abrió los ojos lentamente y observó el mar azul, brillante extendido por todos lados. Algún que otro pueblecito se podía observar a línea de costa.

— ¡Qué bonito! —los ojos le brillaron al contemplar ese paisaje, de repente la expresión amable de Aetos cambió a un posado más serio— ¿Ocurre algo?

— Safira agárrate fuerte a mí. —cogió a la niña en brazos y la abrazo fuerte contra su pecho.

Aetos dio la vuelta y se dirigió de nuevo hacia la Atlántida a máxima velocidad. Tras él aparecieron unos seres alados, su coloración era negra igual que sombras y un aura púrpura les rodeaba, parecían unos pequeños dragones deformes que iniciaron la persecución hacia ellos.

Al llegar cerca del continente no había rastro alguno de ellos y Aetos frenó en seco.

— ¿Te encuentras bien? —miró a la niña preocupado, ella levantó un poco la cabeza para mirarle.

— Sí. Tan sólo estoy un poco mareada…

Safira vio en el cielo tras su compañero, como un vórtice empezaba a abrir-se.

— ¡Aetos! ¡Sobre nosotros! —señaló.

— ¿Que? Aetos miró en la dirección dónde apuntaba la niña, un rayo violeta impactó contra ellos sin darles tiempo a reaccionar, haciendo que desapareciesen sin dejar rastro alguno.

Vocabulario

* tisade: es un edificio circular con varias gradas y en el centro una gran piscina envuelta de tierra. También tiene una pequeña torre con varias piedras que sobresalen para escalar por ellas. Recuerda un poco al Coliseo Romano.

*acrópolis: La palabra acrópoli (también acrópolis) proviene del griego akrópolis (d’akros, situado arriba del todo, y polis, ciudad) y literalmente significa «ciudad alta». En la antigüedad esa zona era en la que los griegos situaban los templos.

*Inquez: pruebas que realizaban los atlantes a los quince años. Servían para evaluar el nivel de los soldados y asignar un titulo militar en función de sus habilidades. (Esta palabra es ficticia creada para esta obra, no tiene un origen histórico).

*lúnte: vehículo atlante de un o dos pasajeros. Puede ir por mar y por tierra a gran velocidad, funciona sin velas con energía solar que guarda en una pequeña batería de oricalco. (Esta palabra es ficticia creada para esta obra, no tiene un origen histórico).

*himation: pieza de ropa ateniense que deja medio torso al descubierto y bastante sencilla. 



Te escucho.

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